Cuentos de la abuela Ana. LA ARAÑA NITA
La araña Nita
La araña Nita, una noche, imaginó
que las estrellas estaban unidas por un hilo plateado casi invisible.
—Yo quiero
hacer esto en mis telas —pensó, acomodó unas ramas y comenzó a tejer lo que
había imaginado:
—Uno cruza
por acá, este pasa por encima, anudo con suavidad y comienzo con otro.
-Uno cruza
por acá, este pasa por encima, anudo con suavidad y comienzo con otro
Uno cruza
por acá, este pasa por encima, anudo con suavidad y comienzo con otro
Y así
tejiendo, comenzó el día. Los rayos del sol jugaban a lanzarse por sus hilos
como si fueran toboganes.
Esa tarde
recibió por sorpresa la visita de una araña que, después de acercarse a mirar
las telas que estaba tejiendo, le dijo en tono burlón:
—Mi
querida, con esas telas no vas a atrapar ningún insecto.
—Pero
estas telas no son para cazar insectos —le contestó Nita— las hago porque
quiero crear las formas que imaginé la otra noche en el cielo: estrellas unidas
por hilos plateados.
La visitante abrió grandes sus ojos y exclamó:
— ¡¿Una
tela que no es para cazar insectos?! ¡¿Hilos plateados en el cielo?! Mejor me
voy, no sea cosa que este disparate sea
contagioso.
Nita no pudo decirle nada…se quedó quieta,
aturdida y siguió tejiendo.
A la mañana siguiente vio a un colibrí que, sostenido en el aire,
la observaba.
—¡Buen
día! Por lo que veo, usted teje algunas telas que no son para atrapar insectos.
Y por cierto que son muy hermosas.
Nita se
sonrojó al escucharlo y le contestó:
—Muchas
gracias colibrí. Estoy tejiendo estas telas con lo que imaginé ver en el cielo
la otra noche, hilos plateados y casi
invisibles unían a las estrellas.
El pájaro
aleteó con más intensidad.
—¡La
felicito! Si a usted no le molesta, me gustaría poder visitarla más seguido
para disfrutar de su trabajo.
—Encantada
—le contestó Nita.
De a poco
fue creciendo entre ellos una amistad.
Una tarde
cuando Nita estaba tejiendo se le acercó
la araña que la había visitado días
antes, pero esta vez estaba acompañada con otras cuatro arañas que caminaban al
unísono.
—Señora
araña —le dijo la primera—, hemos consultado.
—Hemos
investigado —dijo la segunda.
—Hemos
preguntado —dijeron la tercera y la cuarta.
—Y nadie
reconoce esas costumbres ¡taaan extrañas! que usted tiene —dijeron al unísono-,
y una de ellas leyó un papel que tenía
en sus patas delantera:
—¡Por
tooodos los motivos ya expuestos!, le decimos que usted ¡no pertenece a este barrio! Quizás... la trajo un viento fuerte
mientras dormía, porque aquí y desde
siempre, solo tejemos para atrapar insectos, como nos enseñaron nuestros
antepasados, así que o teje como es la tradición o deberá retirarse.
Terminaron
de hablar y se fueron cuchicheando entre ellas. Al quedarse sola, Nita sintió
en su cuerpo el peso que tienen las nubes antes de llover. Y murmuró para sí:
—Ustedes
no comprenden nada.
El
colibrí, que había estado escuchando, sintió la tristeza de su amiga, pero no
supo qué decirle. Simplemente le acercó una flor y se fue.
Al otro
día, cuando volvió, Nita ya no estaba. Tampoco sus telas.. Le llamó la atención
ver la tierra húmeda. Él, más que nadie, sabía que no había llovido, por eso se
dio cuenta de que eran las lágrimas de
su amiga. Comenzó a buscarla. A unos pocos metros la vio: Nita estaba subiendo al tronco de un árbol, llevando en dos
grandes hojas sus telas.
Se acercó,
pensó en decirle una de esas frases que
se dicen cuando los amigos se van sin despedirse: ¿Cómo me hace esto? Usted no tiene derecho a dejarme así. Usted es una egoísta”; pero no lo hizo, porque al acercarse Nita le
preguntó:
—¿Cuánto me
falta para llegar hasta las estrellas?
—Querida amiga
ni los pájaros llegamos tan alto.
El cielo
se puso gris. Comenzó a llover. Nita
soltó al viento sus telas. El colibrí, soportando con dificultad el agua en sus
alas, las sujetó en el aire y las apoyo sobre una rama, cerca de su amiga.
Nita le preguntó:—¿Por qué lo hizo?
—Porque
cuando la visitaba para verla tejer sus hermosas telas comencé a sentir un
vuelo nuevo que me hacía feliz. Y si usted deja de tejer su sueño lo voy a perder.
La lluvia
cesó.
Nita
comenzó a avanzar llevando sus telas y en el reflejo que creaba el agua de la
lluvia, veía que su amigo colibrí, avanzaba junto a ella.
Ana María Allaria
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